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VISITA ENCAMINADA A REALIZAR UN INFORME VISUAL SOBRE EL VALLE DEL GUAREÑA

He llegado a este punto comprometido con la identidad de esta tierra y de este valle por donde deben haber pasado importantes civilizaciones y que buen testimonio de ello son las huellas que hemos venido siguiendo sobre la inhumación descubierta de esa tribu, con sus hombres que buscaban la pradera perdida entre las colinas de aquel mundo oscuro y silencioso siguiendo un río en la dirección de la corriente con sus orillas cubiertas de arbustos.

Hasta aquí nuestra meta del estudio superficial y ligero donde se dirigían mis deseos de ver el desarrollo del mundo a la fecha marcada de los posibles primeros pobladores de nuestro pueblo. Aquí empezamos a tomar contacto con personas del pueblo, a interrogarles para que nos pudiesen aportar sus diversas memorias, aunque sólo fuera de oído o del boca a boca de las generaciones anteriores. Para ello conseguí entrevistarme, tal vez con el mejor informador que existía en el pueblo. Primero por ser la persona de más edad y segundo, por ser una persona sincera, ecuánime y honesta. Me refiero a don Mariano Hernández Benito, y que a pesar de poseer mi mismo apellido, parece ser que nada nos vincula genéticamente, pero que viendo como se han desarrollado las cruzadas hereditarias, no deberíamos sorprendernos si descubrimos que nuestros orígenes son los mismos. Pero ya sabemos que Hernando - origen del apellido Hernández - desciende de la villa de Espronceda partido Estella, Navarra.

Este hombre de 99 años de edad, me aportó datos valiosísimos siempre avalados por su pensamiento sencillo, inteligente y sincero. En sus testimonios excluyó toda la clase de concepción política y creencias fantasiosas, basándose siempre en datos personales de su siglo de antigüedad, con una lucidez y memoria increíbles. Sus estudios e informaciones orales, recogidas de esas generaciones pasadas, parecía revelarlas en clave de homenaje y agradecimiento, por haberlas recibido de sus antecesores, conociendo lo que fue su vida y su labor.

Para centrarme más en el estudio del pueblo y el valle, le pedí colaboración a mi hermano Florián, que con su honestidad y sus dignísimas dotes en el valor del trabajo y sin género a duda, por su demostración de aprecio, estima y amor a mi persona. Me acompañó a las visitas que he realizado a diferentes centros de estudio históricos, para recoger datos del tema. Mi hermano siempre con su demostración de aprecio a su profesión, la agricultura (cultivar la tierra) entregándose a ello todos los días -desde bien niño- sin desmayo, enganchado en todo lo que concierne a esta actividad, incluido la mancera del arado y la siega de las mieses, año tras año, con el fuego del verano y el intenso frío del invierno, sin muestras de dolor ni desengaño; desgastó todas sus energías en la entrega a su profesión y ninguna desgastó en aprender a leer y escribir. Su fe como un buen profesional, estaba en su satisfacción del deber cumplido en defensa de su familia, sus hijos y su hogar, materializando la labor con honra.

He confesado en varias ocasiones, que mi hermano no aprendió a leer y escribir porque él pensaba que con ello haría una ofensa a su profesión, dedicando o robándole tiempo a la misma, pero nunca diré que fue porque no tuviera capacidad para ello a pesar de que modestamente aún hoy, él sigue creyendo lo contrario. Todo esto quedó totalmente ratificado para mí, en una de estas visitas que hicimos. Recuerdo que estando revisando y ojeando libros en una estantería, él me seguía y me dijo: “¡Mira!, uno de Camilo José Cela”, y siguiendo unos estantes más adelante, me volvió a decir: “¡Mira!, uno de Miguel de Cervantes”, yo con sagacidad y disimulo miré pensando que la fotografía del autor estuviera impresa en la encuadernación y por ello los identificara, quizá de haber visto a Cela en televisión y al manco de Lepanto por el símbolo cultural que representa, pero comprobé que no era así; mi hermano hoy, a los 74 años de edad, sabe leer y escribir, ¿por qué?, puede que porque debe de entender que ya no desprestigia su profesión dejando de trabajar en el campo para prestar atención a leer y escribir, porque después de jubilado se ha desecho de ese peso de la responsabilidad profesional, y sus hijos ya tienen el sustento para sobrevivir.

Pero de todas las formas lo suyo es la tierra, la agricultura (palabra derivada de cultura), que él hoy asimila mejor, con ese alma de nardo, siempre puesta en el pobre campo que mi padre trabajó y que él algo heredó.

La colaboración de mi hermano estaba basada en que me acompañara a recorrer el valle del río Guareña, donde está asentado nuestro pueblo. Desde su nacimiento hasta donde muere, desembocando en el río Duero; visitando todos los pueblos, aldeas, caserías, alquerías y dehesas de ganado bravo de lidia y casta, que a mi hermano y a mí nos encanta, siendo ambos aficionados a la fiesta nacional. Florián es seguidor de Paco Camino y yo de Santiago Martín “el viti”, en aquella época gloriosa del toreo. A mi proposición accedió muy gustoso, ya que para él, aunque fuera un poco doloroso el hecho de recordar los duros años de su infancia y de una vida mísera, puerca y dura al servicio del amo, tanto en los veranos como en los inviernos, le iba a servir de consuelo el hecho de recordar todas esas penalidades a sus años, aún vivo y al lado de su hermano.

En fechas muy recientes, pude comprobar con este hermano, que hay un tiempo para cada cosa. Hicimos una visita a la dehesa de palomar compartiendo el espacio de una tarde, de un día cualquiera de nuestra existencia en el mundo. Mi hermano con su vista en el entorno, me describía su infancia en aquel caserío. Por ello yo considero en todo este proceso de dos hermanos ¿quién ayudó a quién?. Porque la edad favorece el abandono de las luchas y esfuerzos, por una imagen, un sueldo, un prestigio... y es una buena oportunidad para la entrega de lo que la persona es y ha construido a lo largo de su vida con esa soltura del desahogo.

El recorrido por el Guareña comenzó saliendo desde nuestro pueblo, una mañana del mes de julio, con dirección al sur para comenzar viendo donde nacía el río. La primera parada la hicimos en el vecino pueblo de Bóveda de Toro, a especie de consulta rápida y continuamos viaje para conseguir que nuestro deseo se hiciera realidad. Con nostalgia de la infancia, al pasar y recordar pueblos como Zorita, Palacios Rubios y Villaflores, poblaciones muy similares en habitantes con términos de caseríos y terrenos llanos, del partido judicial de Peñaranda de Bracamonte, y el último de ellos más cerca de Cantalapiedra con el terreno más arenisco, como en semihondonada, pero que su producción era semejante a la de los otros en la agricultura-, mi hermano me recordaba la sed, la fatiga, el sol y el aire que abrasaba en los veranos en que él fue a estos lugares a ganar el pan (aquí sí que hay que decir que con el sudor de su frente), a la corta edad de nueve años -un niño-, haciendo de rapaz en las cuadrillas de segadores, en estos pueblos citados e incluso se acordaba de quienes habían sido sus compañeros de trabajo. Nunca recodará quienes fueron sus compañeros de colegio o escuela, porque no los tuvo, no pudo acudir a estos centros, ya que tenía que trabajar el campo, en invierno y en verano, para compensar las necesidades del hogar paterno.

Aunque llevábamos mapas y planos del itinerario a seguir, no acabábamos de centrarnos en el punto exacto del nacimiento del río, paramos a preguntar a un peón caminero en la entrada del pueblo de Cañizal. Este señor nos dice que debíamos seguir la carretera nacional 620 con dirección a Salamanca y que preguntáramos en el pueblo de La Orbada, por Villaverde de la Guareña ya que este era el lugar exacto donde nacía el río. Continuamos la dirección indicada, pero antes de llegar a La Orbada, nos desviamos a la izquierda por una carretera secundaria que indicaba a Espino de La Orbada, ya que según nuestro mapa, nos daba la impresión de que pasaba por este pueblo el río Guareña, y que desde aquí podíamos seguir por la ribera del río hasta llegar a su nacimiento en Villaverde.

En Espino preguntamos a unos señores que se encontraban en un frontón de pelota, y nos dijeron que el Guareña no pasaba por ese pueblo, que por allí el río que pasaba era el Serra, que es un afluente del Guareña y nos indicaron que muy cerca de allí se juntaban los dos ríos. Seguimos sus indicaciones yendo por un camino aún peor que si fuera para cabras, y a unos dos kilómetros de distancia por entre carrizales, juncos y rastrojares, llegamos hasta donde se unían ambos ríos, entre una arboleda y un puente, con escasísimo caudal de agua, que ni siquiera corría entre las espadañas.

Después de ver esto, dimos la vuelta como pudimos con el coche y cuando llegamos de nuevo a Espino vimos un puente sobre el río Serra, a la misma entrada del pueblo, construido de piedra y bastante antiguo pero con una buena conservación. Los mismos señores, que jugaban a la raqueta en el frontón, nos dicen que tal vez, continuando hasta el pueblo de Pedroso de la Almuña, sin falta de retroceder a la carretera general, se pudiera llegar hasta Villaverde. Nosotros con la ilusión de seguir el cauce del río nos dirigimos a Pedroso, al tiempo que íbamos disfrutando del paisaje, seco en esta época del año, aunque con alguna huella de verdor y aspecto de un remoto pasado de zonas que pudieron ser pantanosas.

Antes de entrar en Pedroso preguntamos a un señor mayor, curtido del tórrido sol de Castilla y con los efectos del campo, ya que tales personas no suelen engañar a nadie. Dicho señor nos dijo que desde Pedroso no podíamos llegar hasta Villaverde, al menos por carretera. Algo más charlamos con el abuelo, nos despedimos dándole las gracias, y ya decidimos seguir hasta el pueblo debido a lo cerca que nos encontrábamos. Paramos en la plaza del ayuntamiento y preguntamos a unas personas que salían de ese lugar, indicándonos que no podíamos llagar a Villaverde y que debíamos salir de nuevo a la carretera nacional 620, en dirección a Salamanca. “Pasen el pueblo de La Orbada -nos dijeron- y a escasa distancia sale una carretera que indica Villaverde de la Guareña, la cual les llevará hasta el mismo pueblo”.

Antes de abandonar Pedroso de La Almuña nos informamos, sobre sus habitantes y otros temas que nos interesaban. Nos dijeron que había muy poca juventud y que tenía unos 300 habitantes, y que lo más significativo del pueblo era la estación de ferrocarril y la iglesia con su torre. Ojeamos el arroyo de Valmorín, que también es afluente del Guareña.

Retrocedimos a la carretera general para hacer lo que ya nos habían indicado en Cañizal. Paramos en La Orbada para preguntarle a un señor bastante mayor que salía de un establecimiento de hostelería, y como el mundo siempre ofrece sorpresas cuando lo caminas, nos sorprendimos cuando dicho señor nos dice que no conoce tal río, que estamos equivocados y que Villaverde nada tiene que ver con el río Guareña. Quedamos algo desmoralizados, pero dimos más credibilidad a las otras dos informaciones que a la de este señor, que además no era hombre de campo. En La Orbada, pueblo tal vez más pequeño que Pedroso, pero con más aspecto turístico y señorial por estar en la carretera general, echamos un vistazo y lo único reseñable fue su iglesia parroquial.

Seguimos con dirección a Salamanca a unos 5 kilómetros, nos encontramos un cruce donde se indicaba: 10 kilómetros a Villaverde de la Guareña y 5 kilómetros a Pajares de la Guareña, entre otros pueblos. Después comprobaríamos que este topónimo del Guareña es tan frecuente en la zona como el viento que se respira, ya que figuran con él, entre otros: Tarazona del Guareña, San Pelayo del Guareña, Vallesa de la Guareña, Olmo de la Guareña, Vadillo de la Guareña, Castrillo de la Guareña, etc..., por lo tanto, el señor de La Orbada era el equivocado o el equivocador (ya hemos dicho que no era hombre de campo).

Antes de llegar a Villaverde dejamos a la derecha una finca o granja que unos nos dijeron que pertenecía a Cañadilla de Abajo, para otros se llamaba Aldea Yust. En algún tiempo debió de ser aldea o villa, pero el aspecto que hoy ofrecía era de ser un caserío ruinoso o abandonado.

Entramos en Villaverde sin rumbo fijo, pero alguien en nuestro pueblo nos había comentado que el río Guareña nacía en los caños de agua de una fuente que había en la plaza de un pueblo de la provincia de Salamanca, al lado de Peñeranda de Bracamente. Con esta orientación nos dirigimos a la plaza del pueblo, que casi siempre está marcada por la torre de la iglesia. Tres hombres charlaban en la esquina de una de las calles que daba acceso a esta plaza, ancha y soleada. Casi al lado de ellos paramos el coche y comprobamos que habíamos llamado su atención. No obstante, nos dirigimos a ellos saludando y preguntándoles si nos podían indicar donde se encontraban los caños de agua de los cuales nacía el río Guareña. Pero antes de aclararnos nada, uno de ellos se fijó en la matrícula del coche y nos preguntó que si éramos de Gijón. Le contestamos que sí, que yo residía en Gijón desde hacía ya muchos años, pero que ambos éramos nativos de Villabuena del Puente (Zamora), y enseguida salió a relucir el escudo heráldico y emblemático de este lugar en el cuál hemos nacido. Nos comentaron los buenos trabajadores que había en nuestro pueblo y que muchos de ellos habían prestado sus servicios para dos de los tres señores con los que estábamos hablando, los cuales continuaron hablando del tema con mi hermano (se deduce que estos señores desconocían el “San Benito” que en sus tiempos se nos había atribuído desde la ciudad de Toro), mientras tanto, el tercer hombre se interesaba en charlar conmigo, preguntándome si vivía en Pumarín, que es un barrio de Gijón, y me quedé un tanto sorprendido, ya que en este tiempo yo ya no vivía en Pumarín, pero si había vivido allí cerca de 20 años, lo que me hizo pensar que este señor me pudiera conocer. Pero no fue así, lo que pasaba, era que este hombre tenía dos hijos residentes en Pumarín, los cuales debían de trabajar en la empresa Ensidesa de Gijón (Asturias).

Después de escuchar todos estos comentarios con la máxima atención, o a lo menos dando a entenderlo, puesto que a nosotros lo que nos interesaba era saber la procedencia del Guareña, insistimos en saber donde estaban los caños de agua. Nos dijeron los tres al mismo tiempo, que no era cierto lo de los caños de la plaza y que la Guareña nacía a unos dos kilómetros de la población donde nos encontrábamos. Los dos señores que hablaban con mi hermano, no parecían muy dispuestos a desplazarse con nosotros hasta el lugar del nacimiento del río, incitando al otro a que lo hiciera él, que conocía mejor el terreno. Ante esta actitud, se interesó en acompañarnos el hombre que había charlado conmigo, haciéndome constar, que él no era nativo del lugar, “yo nací en la Alberca (nos dijo) al otro extremo de la provincia de Salamanca, rayando con Extremadura, cerquísima de las famosas Urdes, aunque hace ya muchos años que resido aquí y conozco bien la historia del pueblo”.

Esto me hizo recordar que en una ocasión los gobiernos argentino y español, organizaron uno de los primeros viajes de emigrantes españoles que desde su juventud habían marchado a América y no tuvieron la suerte de poder volver a sus tierras natales -en este caso Asturias- viviendo bajo otro cielo. Un tío carnal de un cuñado mío regresó en ese viaje, cuando había marchado debía de ser muy joven, por lo que no conocía nada de Asturias, excepto el recuerdo de una mísera y remota aldea situada en las faldas del monte Aramo, que en aquellos tiempos (según él) para llegar hasta allá tenía que ser en verano y haciendo uso de algún animal que transportara a las personas mayores y las mercancías, pues en invierno y el resto del año, las caleyas, prados y montes rocosos no lo permitían debido al agua, el hielo y la nieve. Su sobrino -mi cuñado- era nativo de Asturias, concretamente del concejo de Quirós, del mismo pueblo que el emigrante, y se llamaba Tene. Mi cuñado recurrió a mí, para que le enseñara Asturias a su tío, a pesar de yo ser de Zamora y él asturiano. La similitud de la situación, me hizo recordar este hecho.

El señor de la Alberca nos acompañó en el coche hasta donde pudimos llegar, por un camino de servidumbre de labranza, que se encontraba en pésimas condiciones, lleno de agua, baches del riego de motores y roderas de tractores. Tanto es así, que llegamos a un punto donde ya no pudimos pasar. El de la Alberca nos dijo: “Bueno, desde aquí ya llegamos caminando”, y continuamos el camino por entre rastrojeras de cebadas, huertas y trigales, hasta que llegamos a la vía férrea de Salamanca-Medina del Campo, que era donde decía el señor que estaba el manantial. Pero el de la Alberca dudó, “yo sé que está por aquí, debajo de un puente de la vía, pero hace tanto tiempo que no vengo por este lugar, que ahora lo dudo”, nos decía. No era de extrañar entre tanta maleza de matorrales de hierba y cardos, nos hizo caminar por la vía adelante, con dirección a Medina y finalmente encontramos el puente. Entonces él nos dijo “aquí está”, pero nosotros mirábamos y no veíamos agua. Sí notábamos hierbas verdosas, berros y juncos al lado mismo de la vía, pero no precisamente debajo mismo del puente. Veíamos el puente seco, con un cauce que parecía al de un arroyo, pero sin gota de agua, que daba la impresión de venir desde un pueblecito cercano como a unos 700 metros de ese lugar, llamado Cabeza Bellosa.

Desde el mismo andén de la vía hasta el asiento del puente había unos tres metros de desnivel, cuya bajada estaba escalonada con vigas de hierro del raíl del tren, clavadas y reforzadas con hormigón y piedras, pudiéndonos imaginar que cuando hicieron la vía ya tomaron estas precauciones para no tapar el manantial de la fuente vieja, donde nacía el río. Y ya citamos que esta zona estaba llena de matorrales con hierbas algo verdes abajo y secas en el resto del entorno. Yo pensé que en tales fechas en estos lugares solía verse la presencia de algún reptil, seres a los que yo repugno. Pero mi hermano, hombre de campo, no temió nada. Miró el muro y se lanzó por su descenso a buscar entre la maleza el agua de nuestro río. Metió sus brazos entre los juncos, berros y alguna espadaña, llenándose las manos con el liquido cristalino y gritándome: “¡Mira, aquí está el agua del Guareña que pasa por nuestro pueblo!” Me pedía una vasija para llenarla y enseñarla en el pueblo, para que vieran el agua del manantial de donde nacía la Guareña. Mi hermano miraba la fuente como sagrada urna, cogía una y otra vez el agua suave en sus manos y derramaba a especie de riego el florido y poco verdor de al lado. No pude saber su oculto pensamiento, pero me hizo recordar aquellas tribus primitivas que con toda su nobleza adoraban la naturaleza, manantiales, valles, cuevas, montañas, etc. Con todo su entusiasmo me hizo bajar a tocar el agua, del que decíamos nuestro río.

Después de este acto emocionante del sentido natural, le sugerí al señor de la Alberca, que esta fuente llamada “la vieja” (según el diccionario de Madoz), estaba en una fondosa y hermosa alameda propiedad del duque de Frías, descendiente de un pueblo llamado Arroyuelo de la provincia de Burgos, y que hoy estaba desierto. El señor de la Alberca contestó que podía ser cierto, pero que debió de ser hacía muchos años, porque él siempre la había conocido como finca de la cañadilla, y su propietario era don Diego Veloz -que por cierto, tenía una gran popularidad al ser persona que carecía de sentimientos humanos-, y que haría unos 20 ó 25 años la vendió en una subasta a través de un corredor de fincas en Salamanca y los dueños que la tienen hoy, compraron finca, manantial y parte de la alameda que queda, que era una que estaba al lado de un caserío, en solamente 11.000.000 millones de pesetas -un regalo-.

Como el albercano, nos pareció una persona inteligente, le seguimos comentando que según Pascual Madoz en su diccionario estadístico, geográfico e histórico, dice que el valle del Guareña, dentro de la provincia de Salamanca, coge muchos pueblos y aldeas, al tiempo que le cité algunos de los que nosotros teníamos en nuestros apuntes, como Aldeaseca -con su arroyo llamado Mazores-, Aldea Yust, Zorita, Palacios Rubios, Villaflores, La Carolina, Villoria, Hornillos, Cantaelpino, Riolobos, Poveda, Revilla, Cotorrillo, Morquera, Pedroso, Villafuente y La Torre. El señor nos contestó que sí, que podía ser que unos 150 ó 200 años atrás quizá hubiese existido todo ello como alquerías, aldeas o pueblos, pero que hoy los dos últimos lugares que habíamos citado, eran montes sin casería alguna y que de los otros casi ni existían huellas, como es el caso de la Carolina, que sólo existe como estación de ferrocarril, y casi abandonada. Lo que sí podía ser cierto, dijo, es que pertenecieran al valle, puesto que en aquellos tiempos los arroyos que pasaban por los puntos que habíamos señalado, debían tener bastante agua e iban a parar al Guareña, aunque hoy, aquello que debió ser pantano o zona pantanosa, “ya ven ustedes como está, y me figuro que en su pueblo pasará igual” (comentó). El cambio climático, los pozos y el avance tecnológico en el regadío, ha contribuido a la desecación de estas zonas.

Echamos un vistazo a aquellos campos de soledad mustios y callados, que en otros tiempos debieron ser fértiles y hasta alegres zonas pantanosas -como todo el valle- donde las ranas cantaban al ritmo de las aves acuáticas y en el verdor de la ribera, los grillos les acompañaran. Pero el inexorable paso del tiempo, con sus movimientos citados, hace que todo cambie, hoy el canto que se oía en este hermoso valle y más que valle, vaguada, entre el bochornoso calor, porque apenas se movía el viento, era el sonido de los motores de riego para la remolacha, el maíz etc., creando ese verdor artificial y desecando la verde ribera natural, solo marcada por el arbolado de alamedas de chopos y álamos, con sus negrillos secos, en todo el recorrido de la ribera del Guareña.

De retorno a Villaverde paramos en la ancha plaza, desierta a esas horas del medio día cuando los rayos del sol caían perpendiculares, provocando el tórrido calor de Castilla en estas épocas del año. Para despedir a nuestro acompañante sincero y noble castellano de La Alberca, le estrechamos nuestra mano con efusión y nuestro más profundo agradecimiento por la ayuda prestada; pues no dudamos que de no ser por su colaboración, hubiésemos salido de este lugar con un mar de dudas, e incluso -como él apuntó-, sin conocer donde nacía nuestro río Guareña.

Sin desmayo por la hora que era, salimos del pueblo dirigiéndonos de nuevo hasta Cañizal y continuar conociendo el valle del Guareña, desde Vallesa para abajo, intentando seguir corriente abajo, tan cerca de la orilla como nos fuera posible por carretera, ya que era la única opción que teníamos.

En el mismo lugar en que habíamos dejado horas antes al peón caminero (tal vez eligiera esta zona de trabajo para protegerse del calor ardiente que amortiguaba el arbolado que había en las inmediaciones del arroyo “los perales” -afluente del Guareña-), se encontraba este mismo señor limpiando el paso de un puente de la carretera comarcal 605. Paramos para demostrarle nuestro reconocimiento a la información que nos había dado, al tiempo que aprovechamos de su generosidad para que nos informara de algo referente a esa población, que también pertenece al valle del Guareña. Situada en la falda de un cerro de poca elevación, con dos arroyos cuyo curso no es constante, pero que contribuyen a la fertilidad de las principales actividades agrícolas. “Esta población -nos dice- tiene poca historia, que yo sepa, tendrá en la actualidad unos 630 a 640 habitantes, posee una iglesia y una Ermita. Cañizal a primeros del siglo XIX fue mucho más que lo que es hoy, cuando la cruzada de los franceses, tenía cerca de los 2.000 habitantes y en esta guerra napoleónica aquí tuvieron su asentamiento como cuartel general sus tropas. Posiblemente por estar muy cerca de la estación de la Carolina, más adelante siguió con un censo bastante elevado -con relación a hoy- pero justamente es posible que, tal vez, fuera la época más resplandeciente de esta población cuando la revolución francesa. Sin duda en la localidad debieron residir personalidades de alta nobleza, ya que existen casonas blasonadas y mucha parte de los campos fueron legados a herederos de la misma población”.

Poco más hablamos para la despedida de éste peón caminero, pero su comportamiento fue de todo un caballero, puesto que entendemos que nos informó de cuanto sabía o recordaba en aquellos momentos.

Ya estábamos en la provincia de Zamora, seguimos nuestro itinerario dirigiéndonos a Vallesa de la Guareña, primera población que hoy en la actualidad es bañada por las aguas de este río, en esta provincia, y que yo vagamente recordaba por haber trabajado de rapaz en la siega de la cosecha de un señor llamado Cesar Losa. Hacía exactamente 49 años. Esta población se cita en el censo del 1.920 con 756 habitantes, a dos kilómetros de la Carolina, en la vía férrea de Medina del Campo a Salamanca. Su población estaba situada en una falda del Guareña y su cabecera del ayuntamiento estaba en la villa de Olmo de la Guareña –en la actualidad esto está a la inversa-. Paramos en el puente de la carretera comarcal que cruza el pueblo y el río para comprobar si entre la maleza de espadañas, carrizos y juncos se veía correr agua. Aquí ya vimos que algo de este liquido corría mansamente por el cauce abajo entre la alameda de arbolado de chopos. Desde allí, observamos que a la entrada del pueblo estaba un señor sentado a la sombra de una vivienda y hasta él nos dirigimos.

Paramos el coche y saludamos a este hombre y para entablar conversación con el, le preguntamos por una era empedrada de canto donde se trillaban las mieses de trigo, cebada, avena, centeno, garbanzos, avesas, etc. que se situaba totalmente de frente a donde nos encontrábamos. Yo recordaba que esas mieses habían servido de cama y cobijo varias noches, a mi descanso y al de mis compañeros, entre los que se encontraba ese histórico Emiliano Feo Seco. Yo me dirigí a él y le pregunté: “¿Esta era no pertenecía a Cesar Losa?”. Y él me contestó: “pertenecía y pertenece, lo que pasa que este señor hoy vive en la ciudad de Toro, con una hija. ¿Qué es que conocen ustedes a don Cesar Losa?”. Yo le conté la historia del verano que segué para él. Entonces me aclaró que debíamos haber sido compañeros de trabajo, porque según él, toda la vida hasta que se jubiló, había estado de criado para ese señor. En este tema nos enrollamos y se nos pasó el tiempo con esa historia, que no viene al caso reseñar aquí. Cambiamos el sentido de la conversación al tema que nos ocupaba y nos indicó que podíamos seguir hasta Olmo por carretera y desde allí seguir por un camino de aparcelamiento hasta Castrillo de la Guareña, justamente por la misma ribera del río. Nos despedimos, quedando enormemente agradecidos de ese encuentro con un compañero de trabajo, aunque fuera de un solo verano en el 1.947.

Continuamos a Olmo de la Guareña por la ribera del río, parando para contemplar el escaso caudal de agua que dejaban marchar los motores de riego. Al entrar en el pueblo nos dirigimos a la situación más céntrica, como ya hemos dicho, que suele ser la iglesia y máxime en este caso que sabíamos que su construcción era del siglo XII, al lado de este monumento, preguntamos a unas señoras un poco por la historia del pueblo y sus alrededores, pero coincidió que éstas no eran nativas de Olmo, descendían del País Vasco, siendo hijas y esposas de emigrante de este lugar. Llamaron a un señor no muy mayor, llamado Pepe, para que él nos explicara lo que les preguntemos, puesto que era nativo del pueblo y además decían que sabía bastante al respecto -y así resulto-.

El señor llamado Pepe nos explicó que en el término de este pequeño pueblo, el cual no tiene ayuntamiento propio y que pertenece a Vallesa (aquí lo inverso comentado anteriormente) hay mucha historia, y desde una de las dos calles que tiene el pueblo, nos indica que echemos un vistazo a los campos que nos rodean. Indicándonos con la mano nos dice: “ahí se juntan dos ríos, el Guareña y el Toriego (creo que dijo), éste es afluente del anterior y son los que forman la colina donde estamos situados con la ribera de chopos, álamos, negrillos semisecos y algún Olmo que aún queda, para simbolizar el nombre del pueblo. Esta vaguada es la que bordea los límites interiores de lo que fueron los lagos terciarios que forman el actual valle del río Duero. “Se nos vino a la memoria esos 60 a 65 millones de años donde las aguas posibles de una deglaciación, debió dejar aquel clima húmedo, tropical y cálido en este valle del Guareña a el Duero”. Todas las tierras -como podéis comprobar- son extracto de arcilla lo cual ha contribuido a que los edificios sean construidos con ladrillo, tapial o adobe. La iglesia parroquial, como podéis ver, está construida de ladrillo tipo mudéjar y es de la época renacentista, allá por el siglo XII, dedicada a la virgen de la paz, aunque hoy la advocación sea de San Andrés apóstol y la referencia más antigua que se conoce del pueblo es del año 1.116, cuando doña Urraca, reina de Galicia, hizo donación a la villa de Bóveda de Toro de la orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Podíamos extendernos más pero es mala hora -nos dijo-“.

Nosotros ya sólo nos interesamos por preguntarle por nuestro itinerario, indicado por el compañero de Vallesa, y datos del diccionario de Madoz, el cual no nos coincidía con el mapa actual. Preguntamos: “¿si seguimos por este camino parcelario encontraremos Algodre?”, el señor Pepe nos contesta que no; “ahí lo que tienen ustedes bien es el mapa de carreteras. Algodre debió de llamarse anteriormente lo que hoy es Torrecilla de la Orden, que hoy está dentro de la provincia de Valladolid, la cual pertenece al valle del Guareña, ya que este río, ahí adelante como marca el mapa, entra en dicha provincia y un pequeño arroyo viene desde esta población al río Guareña aunque no existe caudal de agua, más bien es tipo cañada que trae agua cuando llueve”. “Perdone tanta molestia, pero ¿desde aquí podríamos pasar por Torrecilla?”, le preguntamos. “Para ir hasta Torrecilla tienen que salir a la carretera nacional 620 Valladolid-Salamanca, y yo creo no les merece la pena, porque tal población tiene poco que ver, tendrá alrededor de 350 habitantes, una ermita -que no es ni iglesia y por ello le viene el tóponimo de Torrecilla- llamada de la virgen del Carmen. “Según van lo primero que encontraran será Castrillo de la Guareña, que ustedes hacen constar como Castrillo de la Vid, pero hoy es como está marcado en el mapa. Antes, a unos 2 kilómetros encontraran un caserío, que es una dehesa de ganado bravo, que es lo que dicen ustedes ser Algodre”. Intervino mi hermano: “¿No será la finca de los chulas?” .El Sr. Pepe contestó: “Exactamente esa es”. Nos despedimos del señor Pepe expresándole nuestro enorme agradecimiento y continuamos por el camino colorado del terreno arcilloso con la amplia vaguada en cuyo extenso terreno se ven buenos pastos.

Al llegar a la ganadería de los chulas, mi hermano me confirmó que sí era la finca de ganado bravo y que en otros tiempos se le pudo atribuir o llamar con otro nombre, “pero hoy -me dijo- de esta finca llevan toros para la fiesta de nuestro pueblo y yo he venido en alguna ocasión a escoger el ganado”.

Según el Diccionario de Madoz, después de pasar Algodre había otro pueblo o aldea llamado Ordoño. Desde el coche vimos una casería en la otra parte del Guareña pegado a su ribera, dentro de la provincia de Valladolid. Era muy tarde y no habíamos comido, por lo que no intentamos ni entrar. Pero en aquel momento salía un camión de la finca cargado con alpacas de alfalfa, lo mandamos parar y le preguntamos que si aquella aldea se llamaba Ordoño, el conductor nos contestó que no, que era un caserío llamado “casa Cano” y que no sabía más de aquel lugar.

Como en otras ocasiones pedimos disculpas, dimos las gracias y continuamos, cruzamos la carretera nacional 620 Valladolid-Salamanca, entrando en el pueblo de Castrillo de la Guareña. Eran las tres de la tarde del mes de Julio, a estas horas en Castilla el sol no alumbra, sino que arde ya que la luz es una brasa que quema. La gente estaba en la siesta o resguardada del calor en sus viviendas, a nadie veíamos en el pueblo -para que nos contara algo de esta localidad- estaba desierto. Ante esta circunstancia estábamos decidiendo abandonar el lugar con dirección a Fuentelapeña, cuando de repente divisamos una mozuela, tipo raza gitana, que entraba en una casa de al lado de esta calle, que era la carretera que se dirigía a la población antes citada. Paramos el coche, hicimos oído y sentimos que dentro de la vivienda se oía hablar. Gritamos unas “¡buenas tardes!” y apareció una señora de una edad mediana. Preguntamos, con astucia, si íbamos bien para Fuentelapeña, y si podíamos ir por la vera del Guareña hasta Vadillo -siempre con el mapa en la mano-. Nos contestaron que sí, que íbamos bien a Fuentelapeña, y que desde allí debíamos ir a Vadillo, puesto que el camino de la vera del río estaba muy malo a causa del agua de los riegos y las roderas de tractores. Preguntamos por algunos datos históricos que pudiera tener el pueblo, pero o bien no sabían, o no nos quisieron explicar nada. Algo nos comentaron sobre que el antiguo pueblo llamado Castrillo de la Vid había estado ubicado al otro lado del río, en el término de hoy la provincia de Valladolid, y que desapareció sin saber por qué, si por crecidas del río, pestes o arrasado por las guerras, y se construyó el Castrillo actual, “puesto que aquí -nos dijeron- hubo un castillo muy importante de la época medieval donde tuvieron su aposento los marqueses de Castrillo, que hoy ya no existe y que era de donde derivaba el nombre del pueblo”. Muy cerca de esa vivienda pasaba un arroyuelo, preguntamos y nos dijeron que daba sus aguas al Guareña y se llamaba Villa Corta. El pueblo no tenía iglesia, sólo tenía una pequeña ermita. Muy agradecidos por esta corta información, nos despedimos de estas personas con la máxima cortesía, disculpándonos por haberles molestado en hora tan desapropiada.

Continuamos a Fuentelapeña llegando a esta población sedientos y con ganas de comer algo. Mi hermano, que padece diabetes había comido algo, porque él como prevenido llevaba su alimento. En el primer establecimiento de hostelería que vimos (Bar Javi) paramos y entramos, pedimos una consumición y algo de comer. Mi hermano no quiso comer nada, por lo del régimen. Hasta que me sirvieron la comida entablamos conversación con dos señores que se encontraban tomando un café en el establecimiento y para seguir cumpliendo nuestro objetivo preguntamos algo del entorno histórico del pueblo. Uno de estos señores nos contesto: “Pues si vosotros conocéis el pueblo, porque sois de Villabuena e hijos del señor “Pilo” -apodo de nuestro padre ya fallecido-, yo os conozco porque trabajaba en la fábrica de harinas de Matallanas y veníais con vuestro padre a moler trigo”. Allá un recuerdo lejano nos hizo recordar la cara de este hombre. Aclarado este tema seguimos con el que nos ocupaba, nos dicen que aunque el río Guareña no pasaba por el término municipal, Fuentelapeña pertenece al valle, porque las aguas de los dos arroyos del término el Sarria y el Batan van a desembocar en el Guareña y hasta las aguas sobrantes de las tres fuentes públicas, San Sebastián, San Pedro y La Tapia -que de esta última parece deriva el nombre del pueblo- daban sus aguas al río. Sobre la población nos comentó que había descendientes de alta nobleza, como Ildefonso González de Paz, que fundó dos capellanías, Antonio Samaniego y los Moyanos, que el ministro don Claudio Moyano -aunque descendía de Bóveda y murió en Madrid, sus restos están en la iglesia de Santa María de los Caballeros- ya que de allí era su madre. Esta iglesia tiene su torre de ladrillo, sencilla pero de buen gusto. “Ya la conocéis ¿no?”(nos comentaron), después hay otra ermita del santísimo Cristo de Extramuros, fundada en el año 1.756. “El terreno es bastante bueno, porque además de los dos arroyos hay otro arroyuelo de menor caudal que también favorece la agricultura. Y de aquí era el popular Félix Rodríguez, estoqueador de toros”. Cuando estos dos señores marcharon nos despedimos muy cortésmente.

Terminamos de comer y seguidamente nos dirigimos a Vadillo, paramos tal mente a la orilla del río Guareña, para ver el puente de piedra, que según Madoz es el mejor puente que tiene este río. Si parece cierto que su arquitectura como monumento público y antigüedad así lo definían, apreciándose dos clases de construcción, en el centro estaban los arcos u ojos de porción de circulo de media punta, mientras en los extremos los arcos eran de carpanel de construcción más moderna. Los primeros citados pueden ser de construcción árabe-mudéjar. Este fue el punto del río más limpio y cuidado que vimos en todo su recorrido, escaso caudal de agua pero limpio y arreglado. El terreno que vimos del pueblo, parece de mediana calidad, árido y sinuoso, excepto una parte de lo que hoy se llama granja de Vadillo, que en la última división territorial pasó para esta localidad. Hasta estas fecha pertenecía al pueblo de Guarrate, con el nombre de Terren y anteriormente siempre se llamó -como población- La Guareña, perteneciendo al monasterio de San Román de la Hornija, hasta el año 1.454, después pasó a ser propiedad de Rodrigo de Ulloa, vecino de Toro, más tarde sería propiedad de Francisco Nieto ya despoblado y convertido en granja y aquí perdió su primitivo nombre que había tomado del río que riega sus tierras. Tenía una ermita dedicada a la Concepción de Nuestra Señora y que el cura de Guarrate incumbía la administración de los santos sacramentos. Sobre el año 1.908 la compró Victorino Angoso que la convirtió en granja y ganadería de Toros. En el año 1.932 Cesáreo Angoso vendió su parte a la viuda de Molero y al fallecimiento de ésta, en 1.952, pasó a los actuales propietarios, los hermanos Molero, siguiendo con la ganadería de toros bravos.

Para intentar que nos explicaran e informaran más sobre la historia de Vadillo -el derivado de un fondo firme del río, por donde había un vado de servidumbre que enlazaba por su parte derecha con una aldea llamada San Juan de Vadillo, hoy despoblada (a este lugar le llaman “el torrejón) y con Alaejos, y por su parte izquierda con Fuentelapeña y Fuentesaúco- parece que el nombre del pueblo viene del derivado del vado. Entramos a tomar un café en el bar que estaba al lado del mismo puente. La señorita, camarera, que nos atendió no sabía nada, esta se dirigió a un mozalbete que estaba allí por si él nos podía indicar algo. Nos dijo que él no sabía, pero que esperáramos un poco por si se acercaba por allí un muchacho de Madrid, que se encontraba veraneando en este lugar y que sabía mucho de la historia del puente, de la iglesia de San Miguel y de la ermita del Cristo de Veracruz. Esperamos un tiempo prudencial, al ver que el chico de Madrid no llegaba, decidimos seguir recorriendo el valle de nuestro río que nos ayudaría a encontrar los orígenes de nuestro pueblo.

Nos dirigimos a Fuentesaúco, donde actualmente está asentado el Centro de Salud “Valle del Guareña”. Paramos en la entrada de la población al lado de una gasolinera, vimos un señor que salía de un bar próximo y lo abordamos para preguntarle por algo de lo histórico de la ciudad. Nos contesto: “Me gustaría contarles muchas cosas de las que sé, pero tengo mucha prisa”. A pesar de ello, antes de marchar algo nos contó. Según algunos escritos, este pueblo allá por cuando el Rey Alfonso VII encomienda a su tío, el Papa Calixto II, la repoblación de esta zona del valle del Duero, éste a su vez delega en el Obispo de origen francés don Bernardo, para tal acción en la zona de esta villa, que se llamaba Ciudad de Nova Redonda, tal operación se llevó a cabo entre los años 1.127 y 1.130. Pero más tarde los gallegos que venían a la siega con sus sombrillas y sus guadañas, ya que esta población era un paso casi obligado para ir a la zona del campo charro, paraban en una fuente que había en este lugar de muy buen agua, cercada por arbolado de saúcos que hacían aún más fresca la bebida y el aposento. Estos gallegos comenzaron a llamarla Fuente del Saúco, adaptando este nombre oficialmente en el año 1.745. Y también quedó patente por aquel refrán que decía: “viene el gallego a la siega para cien reales ganar”.

El terreno es bastante bueno, en especial las vegas del lado del río Valdecadrones que es afluente del Guareña, donde se crían los famosos garbanzos de adagio breve: “El buen garbanzo y el buen ladrón de Fuentesaúco son”. Pero también hay terreno árido, como el cerro de las cumbres que es el punto más alto del término municipal, siendo donde nace el río. Hay otro punto bastante histórico en el término, que se llama Carrelines, es rico en yacimientos caetanos de teología romana -después hemos comprobado que esto no es seguro-.

“No olvidaros de visitar la iglesia de San Juan y allí cerca hay en una fachada de una casa blasonada que tiene la figura esculpida de San Isidro el labrador con su yunta arando. Os gustara. Siento no poderos acompañar, pero si queréis saber más, venir un viernes por la mañana y visitar el club de amigos de Fuentesaúco”.

Aunque estas zonas más próximas a nuestro pueblo ya las conocíamos bastante bien, hicimos una visita rápida por la parte de la ciudad que el señor nos había indicado, contemplamos la arquitectura de la iglesia de San Juan, con su torre inclinada, y buscamos la fachada de la figura de San Isidro el labrador. Mi hermano buscaba con el máximo afán, tal vez, el arado deudor de su camino (y también del mío), como si se viera obligado a encontrar la imagen de la simple y honrada vida del labrador, demostrando su fondo humano sintiendo el vacío como si al no encontrarlo hubiésemos sido engañados por nuestra propia estirpe. Pero él, tratando de borrar tal vez su sentimiento de culpa al no hallarlo, que pudiera dañar a sus fatigas, lo descubrió cuando ya intentábamos marchar; me dijo: “¡mira donde está!”. Exactamente, estaba en la fachada de una casa antigua, construida en parte con ladrillo y en parte con piedra de sillería, y allí estaba esculpida la figura del labrador, la cual contemplamos con la devoción propia de ambos hacia el símbolo.

Pensábamos haber acabado nuestro proyecto de dirección al sur, pero echando una ojeada al mapa, apuntes y planos, recordamos que Villaescusa figuraba dentro del itinerario del valle del Guareña, y nos encaminamos hacia este pueblo que casi hace límite con tres provincias (como ocurre con Cañizal), Valladolid, Salamanca y Zamora, pero pertenece a esta última.

Iba cayendo el tórrido sol al ir marchando el día, aunque era media tarde, cuando entramos en el pueblo cruzando el puente sobre el arroyo el churro, después nos dirían que existía otro arroyuelo que se llamaba el batán, el que también pasaba por Fuentelapeña. Como en los otros pueblos visitados, nos dirigimos hacia la torre de la iglesia parroquial para situarnos en el centro de la población, pero a nadie veíamos para preguntar sobre las viejas y nuevas historias del lugar. Vimos venir por una calle bastante larga a un señor con una gorra visera, paramos el coche y mi hermano me dijo que a ese señor le preguntaba él, que según afirmó Florián “se parecía a los suyos”. Le saludamos y mi hermano empezó preguntándole que sí el pueblo se llamaba Villaescusa -para entrar en conversación-, como es lógico le contestó que sí, pero mira por donde, este buen señor se metió de lleno en nuestro tema. Diciendo: “Hoy se llama así, pero cuando la reconquista de Castilla por Fernando I de Antequera, en el año 1.410 esta población se llamaba, Bello Campo del Comendador, pero años más tarde, tal vez siglos, aquí se asentaron muchos extranjeros protestantes de Zuinglio (Suiza), ya que era el primer centro europeo de esta doctrina y sembraron cátedra en esta localidad. Viendo ésto la Iglesia católica dominante en España allá por el año 1.798, cambio el nombre al pueblo como excusa y pretexto a favor de su religión. Hoy existen y se conservan en el pueblo una iglesia y un cementerio de protestantes que son propiedad de los suizos, que lo compraron en el año 1.874, y hasta hace pocos años se nos miraba bastante mal a los habitantes de Villaescusa -seguía diciendo-. Cuando yo hice la mili en Valladolid, muchos no querían roces conmigo, porque era protestante. Hoy nadie se preocupa de tal cosa”.

Mi hermano siguió comentando con este señor sobre un club de jubilados que existía frente donde estábamos parados y parece que este hombre se dirigía a pasar el rato en tal centro. Le contó toda la historia de la fundación del centro ya que él había sido miembro de la directiva. Dijo que la entidad bancaria que más había colaborado era Caja España. Mi hermano le insinúo que habría muchos habitantes en el pueblo, por la afluencia de público que se veía en el club de jubilados; él contestó que el pueblo fue mucho más que lo que era. “Ahora tiene el pueblo alrededor de los 400 habitantes y les diré que en el censo de primeros de este siglo, tenía cerca del doble”. Todo esto le interesaba a Florián porque próximamente iba a realizarse la apertura del hogar del jubilado en nuestro pueblo.

Nos despedimos del señor de la visera apreciándole su gran ayuda, puesto que de esta población sabíamos muy poco, al contrario de él, que parecía conocer nuestro pueblo y a varios de sus habitantes. Echamos un vistazo a la iglesia y al cementerio de los protestantes, que la primera estaba en la calle larga, y a la salida del pueblo el centro de cadáveres.

Con dirección de retorno a nuestro pueblo, llegamos a la población de Guarrate, asentada en un alto rodeado por un arroyo y el río Valdecadrones, aquí tuvo sus latifundios el marqués de Alcañices, con su palacio. Existiendo en aquellas épocas muchos montes encinales que por la vaguada del río se unían con el término de la granja la Guareña, con pastos para ganado vacuno y que hoy, convertido en prado comunal -parte del valle- todavía conserva estos animales.

El pueblo posee una iglesia parroquial, Nuestra Señora de la Asunción, matriz de la granja la Guareña, que como hemos hecho referencia pasó al término de Vadillo. A esta localidad la cruza la carretera comarcal 519, antes calzada de Toro a Salamanca. Su terreno produce trigo, cebada y legumbres de calidad como son los garbanzos de la zona del río Valdecadrones, con denominación de origen, donde se conserva el edificio de un molino harinero de la propiedad del marqués de Alcañices. (Este punto que citamos, no lo hemos hecho constar, pero en todos los pueblos del valle del Guareña, ha existido algún molino harinero en la ribera del río). Antes de ser propiedad del marqués de Alcañices, esta alquería debió pertenecer a un apellido famoso -Guarrate-, hoy traducido a Gutiérrez, y antes algún cronista dijo que se denominaba Castillo de Pelayo Guimarat, de aquí debe derivar el nombre actual del pueblo.

Mi hermano, me sugiere que le gustaría visitar a un íntimo amigo de su infancia, que al contraer matrimonio con una nativa del lugar, reside en esta población de hoy 391 habitantes. Hicimos la visita a Antonio Amigo -apellido célebre en Villabuena-, y escuché cuidadosamente cosas de sustancia que nos han sido válidas para el objeto de nuestro estudio hacia nuestro pueblo, detallando referencias nostálgicas de su tierra nativa. Recuerdo perfectamente las palabras de despedida entre ambos: “hemos vivido poco y nos hemos cansado mucho“.

La luz del sol se iba agachando con ese reflejo que día a día se va y nos deja, así dejamos nosotros este pueblo para dirigirnos hacia el nuestro. Al llegar a La Bóveda de Toro recordamos la visita que en la mañana habíamos hecho en el ayuntamiento, solicitando un libro de la historia de esta localidad, escrito por José M. de Vicente y publicado por el excelentísimo ayuntamiento de esta población, el cual me había recomendado, el gran escritor de historia Don José Navarro Talegón, residente en la ciudad de Toro, por si nos era factible encontrar lo que buscábamos sin noticias escritas -según él-, sobre el actual fundamento del pueblo de Villabuena del puente. Buscamos este libro en diversas librerías de las ciudades de Toro y Zamora sin resultado positivo, en la casa de cultura y departamento de archivos históricos de la capital, nos habían aconsejado que lo solicitáramos en el ayuntamiento de Bóveda. Este fue el motivo de la visita que habíamos realizado en la mañana en el ayuntamiento, en el cual nos comentaron que se habían agotado todos los ejemplares, y que tal vez el ex-alcalde (Tintín) podía tener alguno, el cuál nos lo podía ceder o vender. Asegurándonos que a tales horas este señor estaría en el campo desempeñando sus tareas de labranza, por lo que mi hermano y yo acordamos parar al retorno de este viaje.

Y, aquí estamos, en la población del Valle del Guareña de más historia escrita dentro de los poblamientos, aldeas, villas, alquerías, etc., que fueron surgiendo en el valle después de la prehistoria en la edad media. De entre todos estos poblamientos, doña Urraca, hija de Alfonso VI, esposa de Raimudo de Borgoña y reina de Galicia en el año 1.116 (como nos dijo Pepe en Olmo), donó a Bóveda el título -estilo legado- en la orden militar hospitalaria de San Juan de Jerusalén ubicada en esta población como cabeza de las nueve villas de Val de Garuenna, lo que no quiere decir que esta zona del sur del Duero -valle del Guareña- perteneciera en esas fechas al reino de Galicia. Lo que pasó, es que a la muerte de su padre Alfonso VI, en el año 1.109, esta hija heredó los reinos de Castilla y León, y esta zona en concreto, pertenecía al reino de León, la cual fue cedida por su tía doña Elvira a su muerte. Lo que nada podía extrañar, es que este territorio en tales fechas llegara a ser portugués, debido al tenso mandato del matrimonio de doña Urraca con su segundo esposo Alfonso I el batallador, los cuales llegaron a ceder terrenos de estos lugares a su hermana bastarda, Teresa, en el condado Portugalense, aunque a su muerte a los 49 años de edad (había nació en 1.077 y murió el día 8 de Marzo de 1.126, siendo enterrada en el panteón familiar de León), ya había recuperado los terrenos cedidos y las nueve villas fueron las siguientes: Vallesa, El Olmo (como nos recordara Pepe), Ordeno, Castiello, Vadiello, Cannical, Villa Excusa, Fuete de la Peña y la propia Bóveda, que ejerció esta fortaleza y templanza, hasta el que se dice nefasto mandato del Rey Fernando VII, que al aprobar la constitución de las cortes de Cadiz de 1.812. En el año 1.820 pierde dicha pertenecía Bóveda y su orden religiosa de San Juan de Jerusalén.

Por ello no es de extrañar que en la historia de Bóveda haya orígenes de linajes ascendentes o descendentes de familias que han dejado casas solariegas y blasonadas con sus escudos de armas, por su caballerosidad, como las familias Samaniego y Moyano que se tiene noción que tomaron parte en la conquista de Baeza para el reino de Castilla en el año 1.224, a las ordenes del Rey Fernando III el santo, precisamente nacido por estos lares. Otros apellidos ilustres existieron en esta localidad: Bailo, Viana, Cárdenas, (que fue comendador de la ciudad de Bamba, allá por el año 1.640, villa importantísima que llegó a ser residencia de reyes Godos, de lo cual le viene el nombre), Fride, Vilez, Mirabal, que éste compró el monte y caserío de hoy el pueblo del Pego con dinero en ducados de vellón en el año 1.780. Con lo cuál este paraje pasó a ser propiedad del término de Bóveda, hasta que se repobló con cuatro familias de Benafarces (población del norte del Duero, situada cerca de la ciudad de Toro). Y de resaltar es, que cuando doña Urraca donó estas villas a la orden hospitalaria, cedió el poder de gestión al conde Puñorrostro, que frecuentó la localidad de Bóveda.

Bóveda de Toro, tiene terreno de buena calidad en su mayoría, bañado en una parte por el arroyo el juncal y por otra por el río Guareña, donde existió un importantísimo molino harinero de don Claudio Moyano.

Después de hacer esta reflexión, alguien nos indicó donde habitaba el ex-alcalde, nos dirigimos a su domicilio. En el camino, mi hermano Florián recordó que este señor era muy amigo de nuestro hermano, también ex-alcalde de nuestro pueblo, pero hoy 19 de mayo de 1.997 yacen sus restos, un día sepultados, en el cementerio local de Villabuena del Puente. Al recordar esta pérdida tan reciente y entrañable, mis manos me tiemblan y mis ojos se enturbian con lágrimas, pero debo seguir con la vida, para cumplir mi objetivo, ya que por entonces, cuando recogíamos estos datos, nuestro hermano vivía y amaba su tierra. Yo también recordé que una hermana nuestra había vivido cerca de este señor, ya que residió en este pueblo al contraer matrimonio con un nativo de este lugar, llamado Emiliano Ramos, hoy ambos residen en Villabuena. Paramos y llamamos en la casa del ex-mandatario, nos recibió un señor mayor; nos dijo que su yerno no se encontraba en el domicilio en aquellos momentos, pero que estaba su hija que era la esposa de Tintín. La llamó y nos la presentó y le explicamos nuestro tema, nos dio la impresión de no prestar la mínima importancia. Entonces le explicamos quienes éramos y rápidamente apareció el libro de historia de Bóveda y sin contar con la autorización de su esposo, nos lo dejó para que lo estudiáramos con toda la tranquilidad y sin la mínima prisa para devolverlo.

Le hemos quedado gratamente agradecidos por esta generosa aportación, de la cual hemos obtenido datos tan valiosos, como que en las fechas en que las villas del valle del Guareña pertenecían como cabeza a la orden hospitalaria de Bóveda (como ya hemos anticipado), nuestro pueblo no figuraba entre ellas, a pesar de la cercanía de ambas localidades, ni se hace mención al lugar de Villabuena hasta el año 1.500 aproximadamente, lo cuál nos ha forzado aún más, a buscar datos de esa laguna de tantos siglos desde que se encontraron restos del asiento de seres humanos en la tumba campaniforme, de 2.400 a 2.200 años antes de Cristo, en las inmediaciones de el lugar donde se encuentra ubicada hoy Villabuena del Puente. Lo que nos ha hecho más dura nuestra peregrinación histórica, buscando las raíces en estas familias ilustres que debieron influir en el desarrollo histórico del lugar, donde hemos encontrado grandes obstáculos para averiguar el verdadero nombre de Villabuena. Dando como posible varios cambios, por lo menos, en la era de la reconquista y que tal vez sea certero, que hasta después del siglo XIV no se le diera el verdadero nombre a este lugar de Villabuena, aunque villa de origen romano y godo, ya lo fuera, como casi todas las zona agrícolas pobladas. Aunque ésta más parecía majada de pastoreo, y se le denegara el título de Villa.

Antes de nada, debemos decir que los conocimientos y costumbres de la vida de nuestro pueblo con su desarrollo, nos lo conocemos a la perfección desde nuestra existencia en el mundo, más los conocimientos que se nos han trasmitido de boca a boca por nuestros antepasados y ciertos datos de personas actuales con escritos desde algunas épocas a esta parte. Pero tal vez, como hacemos constar al comienzo, por falta de tiempo y medios nunca habíamos podido cotejar geográficamente viviendas, aposentos, hidrografía, montañas, la sinuosidad del terreno del valle, así como conversar del mismo tema con otros habitantes de estas zonas, confrontando tradiciones de luchas contra las injusticias de los usos y costumbres de la humanidad dentro del imponente testimonio del poder de los señores feudales en este valle; compuesto en su mayoría por campesinos y trabajadores sin tierras, gobernados, oprimidos y explotados por señores, ordenes hospitalarias y la Iglesia potente, en su mayor parte establecidos en la ciudad que siempre tuvo un papel preponderante de personas influyentes con sus masas católicas en Toro, sitio fuertemente de sabor feudal.

El día después, hoy, era el día llamemos de reflexión, de realizar un análisis de lo visto, observado y constatado para poder sacar conclusiones de este fondo del valle de ríos guarnecidos por montañas con sus salientes rocosos donde se dice que encontraron aposento las primeras tribus humanas y que desde aquí partiría nuestra hipótesis para cubrir ese vacío o laguna, que ya hemos citado, de cientos de siglos sin saber nada de la existencia de nuestro pueblo. No con el fin de elaborar una teoría, sino para que nos sirviera de guía en nuestras investigaciones, pero no decidimos esto en esta fecha. Yo me dediqué a estudiar el libro histórico de Bóveda de Toro, y mi hermano a su tarea cotidiana de cultivar la tierra, en la huerta.

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